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Hoy ha venido a pedirme consejo al gabinete un señor muy particular. Era bajito, delgaducho, con un traje pasado de moda y algo de halitosis, un tipo de lo más gris vaya, y una, que por algo es vidente, ha adivinado nada más verle a lo que venía: problemas con el amor.

En efecto, el hombrecillo gris me ha confesado que no se comía un colín y a punto de echarse a llorar me ha suplicado un remedio. Desde luego con ese físico no lo tenía fácil, aunque la cosa mejoraría bastante si empezara por lavarse los dientes y cambiar de vestuario,  en lugar de eso le he recomendado una pócima afrodisíaca hecha a base de agua bendita (yo misma me encargué de bendecirla) y un poco de romero de un tiesto que tengo en la terraza: con esto no habrá mujer que se le resista, hasta puede que encuentre esposa, le dije yo, a lo que el hombrecito se apresuró a contestar: no, no, si yo ya tengo esposa y con ella me va muy bien, con quien me va mal es con el resto…

Menudo cara dura, por supuesto le arrojé el agua bendita a la cara y le eché de mala maneras, no sin antes cobrarle la tarifa habitual por haberme hecho perder el tiempo y que conste que si no le pongo dos velas negras es porque yo no creo en esas tonterías.